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Conocer otras mentes (J. L. Austin)



Una inquietud clásica de la filosofía es si estamos capacitados para conocer los pensamientos, deseos y sensaciones que ocurren en la mente de otra persona. ¿Por qué esta es una pregunta tan apremiante? Para explicar esto debemos reflexionar, por un momento, sobre el origen mismo del concepto moderno de conocimiento. 
Descartes funda la epistemología moderna con una radical exigencia: considerar como falso todo aquello de lo que se pueda dudar. Esta duda esceptica la mantuvo el autor por motivos puramente metodológicos pero prontamente se trasladó a los criterios que el autor demanda para el conocimiento verdadero: el conocimiento debe ser evidente, debe presentarse con certeza absoluta. El verdadero conocimiento es así, para Descartes, opuesto a la duda.
Lo cierto es que, a pesar del gran proyecto cartesiano de fundamentación de la ciencia, esta exigencia parece que sólo puede ser cumplida a cabalidad por el conocimiento introspectivo del propio sujeto. Es decir, puede que sólo tengamos certeza absoluta (conocimiento absoluto) de nuestras propias sensaciones y percepciones. El conocimiento que tenemos de los objetos externos, de las otras mentes y sus estados, es un conocimiento indirecto, y por tanto, puede ser sometido a la duda. No es entonces un conocimiento legítimo.
A partir de estas demandas y reflexiones filosóficas la pregunta “¿Cómo puedo conocer lo que hay en otra mente?", parece tener un sentido muy profundo. 
Lo realmente inquietante es que en nuestra vida ordinaria no parecemos tener problemas para expresar enunciados de tipo: “Carlos esta enojado”, “Sé que carlos siente dolor”. 
John Austin en "Otras mentes" enfrenta esta incompatibilidad entre nuestros usos cotidianos y los conceptos epistémicos que heredamos de Descartes preguntando: ¿por qué dudamos de la legitimidad del conocimiento que tenemos de otras mentes?, y en últimas, ¿por qué dudamos de cualquier enunciado que exprese un saber?. Según Austin, una afirmación que expresa un saber cualquiera, por ejemplo “Sé que algo es P”, puede ser cuestionada de diferentes maneras. Estos cuestionamientos son como desafíos que otra persona coloca frente al supuesto conocimiento expresado por alguien. Para poder reconocer cual es la naturaleza de la practica lingüística que hace referencia a un saber, y cuando esta justificada la duda alrededor de ella, debemos reflexionar acerca de la legitimidad de tales desafíos epistémicos.

Los desafíos epistémicos


El desafío básico, primordial, y al parecer filosóficamente pertinente frente a una afirmación de saber del tipo “Sé que algo es P”, toma esta forma característica: “¿Estas seguro que ese supuesto P es real, no podrías estar equivocado?”
Austin entonces examina los diferentes componentes de este  gran desafío para comprobar su supuesta legitimidad:

¿Qué tan seguros podemos estar de un conocimiento? Generalmente, y por influjo del cartesianismo y el empirismo inglés, se ha sostenido en filosofía que, por ejemplo, el hombre tiene más seguridad y certeza de sus percepciones sensibles subjetivas que de las entidades que supuestamente construye con ayuda de ellas y que, de alguna manera, puede decirse que son “públicas”: las cosas en el mundo externo. Se ha establecido así una especie de jerarquía epistémica en los posibles objetos del conocer: las percepciones subjetivas de las que no se puede dudar y los objetos físicos menos seguros. Sin embargo, Austin sostiene que esta jerarquía no se sostiene por lo menos en un sentido: podemos estar tan poco seguros de nuestras percepciones sensibles como de otras cosas más complejas: al percibir un color, por ejemplo, muchas veces puedo no estar seguro, por diversas razones, si lo que veo es rojo, u otro color parecido. Un detalle importante de esta contra-réplica es que ella habla de mi duda subjetiva, sobre mis propias percepciones, y de esta manera se atiene a la lógica de la epistemología cartesiana. No habla de lo que puede parecer a los otros el color, y las posibles discrepancias intersubjetivas que puede haber.

Por otro lado, el desafío filosófico apunta a algo más profundo: ¿es ese supuesto P real? El problema que ve Austin en este desafío escéptico es que siempre que en la vida cotidiana se presenta una duda sobre la realidad de algo, esta duda no cuelga del vacío. Siempre hay una razón para dudar: si digo haber visto un pájaro en el tejado, se me puede cuestionar que soy miope y no traía mis gafas, tal vez sólo observé una sombra. Pude haber estado bajo la influencia de una droga, y si soy un adicto conocido sería razonable pensar que tuve una alucinación. Así, dudar de la realidad de algo debe tener una base, una duda debe estar autorizada por las circunstancias. Esa autorización se fundamenta en un contraste: el objeto ficticio se contrasta con el real, que puede ser de alguna forma reconocido. Por tal razón, siempre que se presenta una duda legítima, debe haber un procedimiento aceptado para disipar esa duda. El problema con la duda filosófica es que no se encuentra autorizada en los sentidos antes mencionados. Generalmente, por ejemplo, no hay razón alguna para dudar delad del testimonio de una persona que dice sentir dolor. Tampoco tengo manera de contrastar el pretendido dolor ficticio subjetivo con uno real. Muchas veces, si existen, los procedimientos científicos para determinar si realmente esa persona tiene dolor no se encuentran a la mano. El filósofo que duda de manera radical tanto de la existencia de objetos físicos, como de la existencia de otras mentes o de cómo conocer lo que ellas sienten si es que existen, pretende entonces canjearnos un billete de la lotería epistémica por otro que es, desde esta perspectiva, una falsificación sin valor.

Por último, el desafío filosófico sugiere que, si sabemos, no podemos equivocarnos: ¿no podrías estar equivocado? Para Austin sin embargo es evidente que nosotros podemos expresar enunciados legítimos de conocimiento, aún cuando posteriormente se muestre que estábamos equivocados. Desde este punto de vista Austin desafía la epistemología cartesiana que separa lógicamente el saber del error.
La reflexión sobre este punto contiene una parte esencial de la manera como Austin entiende el sentido de nuestros enunciados epistémicos. Cabe decir que la reflexión ofrecida por el autor parte de una analogía muy profunda, con consecuencias sorprendentes.
 

Los enunciados epistémicos vistos como realizativos


La expresión “yo se que P, pero puedo estar equivocado” es análoga a la expresión “yo te prometo, pero puede que no te cumpla”. Las dos expresiones son erróneas en el sentido que se encuentran prohibidas por la reglas de nuestros usos lingüísticos. Al yo decir que sé algo, me estoy comprometiendo, estoy afirmando que estoy autorizado para saber, garantizo en últimas que tengo razones para saber lo que digo saber. La expresión, así entendida, es un acto público que me coloca en una situación con los otros que antes no existía. Sin embargo, ello no es incompatible con el hecho de que yo pueda estar equivocado, de la misma manera que una promesa hecha no es incompatible con el acto futuro de romperla, tal vez de manera involuntaria.
Decir “yo se que P” no es sólo describir un estado mental subjetivo de percepción o de evidencia racional (creer que sólo es esto es cometer lo que Austin llama una “falacia descriptiva”). Con esta expresión no simplemente decimos algo, sino que al decirlo, realizamos o cambiamos algo de nuestra realidad. Esto es lo que Austin llama un enunciado realizativo. Viendo los enunciados epistémicos como actos (casi rituales) que configuran y modifican la realidad intersubjetiva del emisor, Austin esta rompiendo completamente con el cognitivismo cartesiano y con la idea subsiguiente de la representación como eje de los procesos epistémicos.


Ahora bien, a la luz de esto, ¿puedo saber si alguien tiene ira o dolor?, ¿y cómo? Es cierto que siempre existe la posibilidad de que nos estén engañando o que malinterpretemos un comportamiento del otro. Pero siempre tenemos criterios sociales, psicológicos y contextuales que nos permiten despejar la duda, si es que tal duda es legítima. Esto último es un detalle importante, pues en el caso de una persona con dolor, esa persona expresa verbalmente su dolor y esa expresión también puede entenderse como un acto. ¿Existen razones para no creerle? Para Austin el creer en otras personas es una parte esencial de la comunicación y del lenguaje humano. No hay una razón particular para esta creencia, y forzando al pensamiento austiniano se podría sugerir que no tiene por qué haberla. La palabra “saber”, en este caso y en muchos otros, no significa estar en una posición privilegiada de certeza absoluta sobre las cosas o los estados mentales de otra persona. “Saber” significa aquí, hablando de manera muy poética, algo parecido a confiar en una promesa.

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